
Sono io, Marcella... mirando la escenografía del bar al que fui con mis hijos a tomar mate. Sí! Un bar en el que se puede matear! Te traen la pava, el mate y una canastita con tostadas, manteca y mermelada! En las paredes y en el techo hay faroles antiguos, sifones de esos que usábamos los de mi generación cuando éramos niños y muchas antigüedades! Me encanta ir a bares porteños y a los del campo! Siempre que viajo busco esos barcitos de pueblo que tienen ese no sé qué tan particular... Los lugareños, acodados en el mostrador, las empanadas caseras, la cordialidad de la gente, las mesas y sillas de madera de verdad y la música me transportan...
Los bares son sitios especiales para leer, escribir y encontrarse con colegas, familiares, compañeros de trabajo y amigos... y desde este blog le mando a mi madre, que recién partió, mi abrazo desde la Tierra al Cielo... Qué descanses en paz, viejita linda!!! Para vos y para el viejo un saludo especial! Por las noches levanto mi copa y brindo con un buen tinto mirando las estrellas!

Disfrutando una cálida noche en los diques de Puerto Madero recuerdo las palabras que escribió en su Rubaiyyat el gran poeta nacido en Persia (1040), Omar Khayyam:
"Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy. Toma un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe pensando en que mañana quizá la luna te busque inútilmente."

"Dio unos pasos, discretos y lentos, para hacerse cargo de todo el rostro. De pronto, la mujer giró la cabeza, le vio y le sonrió. Y aquella sonrisa devolvió a Antonio a la Galicia de quince, veinte años atrás. A la aldea, al mundo del que había escapado, en busca de una vida sin sordidez, sin servidumbres materiales. Ella era entonces muy delgada, y el pelo, que ahora le cubría los hombros, le caía hasta la cintura. Tal vez fuese algo más claro, pero igual de lacio y de brillante. Una tarde, él se había detenido cerca del río para contemplarla mientras se lo lavaba, con el mismo infame jabón que todos usaban para todo, cuando lo usaban."
Del libro: "El soldado de Porcelana" (Ediciones B, colección Ficcionario) de Horacio Vázquez-Rial.

Qué alegría tan grande! Estoy con mis dos cachorros, jugando en la terraza de casa, una tarde cualquiera, sin que el tiempo avance ni retroceda... Todo está bien en mi mundo! Siento que ése abrazo es el Universo mismo hecho miguitas de pan tostado sobre la mesa de la cocina después prepararles el desayuno... Reímos, cantamos, vemos la lucecita de la cámara digital y nos decimos a nosotros mismos: "Ahí va!"